Mi abuela fue perdiendo la vista poco a poco.
Tenía cataratas y no se atrevía a operarse.
Sus hijos – mi madre y mi tío – le insistían con cierta periodicidad (“Madre, a ver si te operas de la vista”), pero ella se resistía.
Pasivamente, como hacen las abuelas, pero se resistía.
En realidad, creo, le daba miedo operarse.
Es normal.
Una mujer mayor, que nunca había estado enferma, ni había ido casi al médico.
Normal que le diese algo de aprensión.
Era una abuela de las de antes.
Una abuela perfectamente reconocible, con su moño, vestida más o menos de gris siempre.
No sé cómo lo hacían las abuelas de antes, pero nada más verla, sabías que era una “abuela”.
No iban a Pilates, ni llevaban mallas. Eran abuelas.
Totalmente abuelas.
El caso es que cada vez veía menos. Para leer el periódico tenía que levantarse las gafas y acercarlo tanto a la cara que casi le tocaba la nariz.
Y de lejos, si había un poco de contraluz, no distinguía nada. Ni con gafas.
Poco a poco fue reduciendo su actividad y se quedaba en casa casi todo el tiempo y no salía excepto a dar un paseo corto si iba acompañada.
Un día, cuando ya tenía más de 70 años y llevaba más de 10 años así, dijo “He pensado que me voy a operar de la vista”.
Un ataque de valor.
Todos nos quedamos sorprendidos, pero, una vez confirmado con el médico que no había problema por su edad, se operó.
El primer día que se quitó la venda se maravillaba de todo lo que veía: Los colores. Las formas- “Cuánto has crecido” le decía a su nieta. La niña había pasado de tener 9 años a tener 19, claro.
Ella misma, viéndose en el espejo no salía de su asombro; “Qué vieja estoy”, decía…
El caso es que un día caminando de vuelta a casa, se vuelve a mi madre y le dice “¿Y cómo no me habéis dicho antes que me operara?” Mi madre se quedó con los ojos a cuadros.
¿Cómo no lo he hecho antes?... en mi empresa
Algo parecido les pasa a mis clientes cuando comenzamos a trabajar juntos.
¿¡¡Cómo no he hecho esto antes!!?
No sé si es tu caso, pero todos solemos darnos cuenta de que no estamos viendo las cosas claramente.
Pero por otro, como has ido “perdiendo la vista” gradualmente parece que te has acostumbrado o al menos aceptado tu situación como inevitable de algún modo.
Como si, en tu negocio, trabajar muchas horas, no tener suficientes ventas, no poderte ir de vacaciones sin que haya un incendio en tu negocio o todo se pare, tener que tener la mano en todo, fuese lo normal.
Ya te has acostumbrado.
Cómo mi abuela con el periódico pegado a la nariz y las gafas levantadas.
Esto se nota mucho en la utilización de frases como: “es lo que hay”, “la situación está así”, “es lo que nos pasa a todos”, sobre todo cuando se utilizan para justificar por qué “no acabo de salir adelante”.
Personas que luego llegaron a ser clientes, y que me habían conocido durante años, antes de contratarme me decían “Oye, a ver si hacemos algo juntos. Yo creo que me vendría bien”. “A ver si empezamos”. Y ahí lo dejaban.
Eso, a ver si empezamos…
Y empezamos.
Cuando comienzo el proceso con un cliente nuevo, lo primero que pasa es brutal:
Empezamos a poner luz sobre el negocio: luz blanca, clara, diáfana… y ahora, esas cosas que “sabías” que estaban por ahí pero no querías mirar a la cara, salen.
Todo lo que te está deteniendo de acercarte a tus objetivos.
Todo lo que te impide lograr lo que buscas: más tiempo, más dinero, más tranquilidad, sentirte una persona con éxito… lo que sea.
De repente, todo está sobre la mesa.
Ugh, ¿Un poco feo? Puede.
Lo bueno es que ahora puedes hacer algo al respecto.
Llamar a las cosas por su nombre es lo que tiene.
Que ahora es posible hacer algo al respecto.
Mientras te digas que es otra cosa, es muy difícil.
También se ven las cosas que estás haciendo bien, claro.
Pero la sensación más repetida es, como en el caso de mi abuela: “¿Cómo no he hecho esto antes?”.
Tengo que confesar que, a veces, mi lado perverso quiere preguntar, “¿Efectivamente, por qué no lo has hecho antes?”. Pero no se lo digo, claro.
No pasa nada. Quizá no era el momento.
Algunos clientes han llegado a decir: “Lo que no entiendo es cómo hemos logrado sobrevivir hasta ahora”.
Mi abuela, en lugar de decir: “Me tendría que haber operado antes”, decidió echarle la culpa a sus hijos.
Pero tú no tienes a quién echarle la culpa…
Pero, si ya es el momento para ti.
Si empiezas a pensar que también podrías vivir desahogadamente.
Qué también puedes tener vacaciones “de verdad”, desconectado del email y el móvil (¡qué miedo!).
Qué puedes disfrutar de ver que tu negocio crece y tu credibilidad también.
Que todo eso que rechazabas hacer, tampoco era para tanto y te permite sentirte muy bien.
Si te estás dando cuenta de todo lo que pierdes en dinero, ilusión, tiempo, energía, fuerza, credibilidad, etc. posponiendo hacer algo con tu negocio que no acaba de tirar.
Si ya estás ahí.
Si estás dispuesto o dispuesta a hacer algo que cambie todo.
Entonces, quizá podamos trabajar juntos.
Pero es importante que ya estés “hasta los mismísimos”, porque si no te va a resultar demasiado el trabajo conmigo.
Demasiado esfuerzo, demasiado dinero y demasiado mirar cosas que no quiero mirar (aunque sea para poder arreglarlas).
Puede que la recompensa - un negocio que esté a tu servicio, que te de la vida que quieras - aún no sea lo suficientemente atractiva para ti, como para "arremangarte" - como decía mi abuela - y ponerte al lío.
Quizá aún piensas que es sólo cuestión de esforzarse más, o que te falta una “clave” de marketing, o algo así…
Entonces, de momento, es mejor que te sigas acercando el periódico a la nariz.
Pero si ya has llegado al límite - o quieres hace algo para que tu negocio comience a tirar de verdad antes de que acabe contigo, podemos ver si estás en disposición de trabajar juntos.
Abajo tienes un enlace para solicitar una sesión de exploración y para rellenar un formulario.
Si veo que vas en serio, tendremos una reunión para ver si realmente te puedo ayudar o no. Y si no, te lo diré.