“¿Oye, nos apuntamos a nadar?”, me dijo un amigo hace años.
Como por entonces yo fumaba y bebía bastante cerveza, me pareció una manera de poder seguir llevando "vida normal" y no acabar pareciendo un cojín más en el sofá.
Para mí, vida normal era pasar horas de pie en un bar entre empujones, fumando y respirando aire de tabaco, y bebiendo caña tras caña, escuchando la maquinita tragaperras, además del ruido de todo el mundo hablando a voces.
Tendría 35 años o así.
Me pareció que apuntarme a nadar me permitiría seguir haciendo estas cosas sin demasiado "come cocos" de conciencia… y, pensé, sin demasiada incomodidad. Yo vivía en La Latina, en Madrid, y había una piscina a 5 minutos de casa.
Más cómodo, imposible.
El caso es que nos apuntamos.
A las 8 de la mañana.
Oye, que con lo que he odiado levantarme temprano toda la vida, no tenían otra hora...
En fin. Me dio corte decirle a mi amigo que no iba a ir a nadar por la hora.
Y así empecé: aún de noche, con el olor a cloro, el calorcito de la cama en el cuerpo, toda la pereza del mundo a meterme en el agua…
Y la monitora o el monitor de turno, con esas voces que daban un eco particular sobre el agua: 200 braza, 100 crol cada largo sólo con un brazo, 400 patada de braza… y así…
Claro, después de la natación, quedábamos un grupito y desayunábamos en el bar de la piscina y a las 9:30 ya había hecho ejercicio, estaba duchado y desayunado y sintiéndome como cuando tenía 20 años.
El caso es que la clase de natación estaban organizada por “calles”. En cada calle nadaban los que tenían un nivel parecido. Cada año me subieron de “calle”, pero tras 3 años ya no me subían más.
Era del “montón”, normalmente, en esa calle. Y por más que me esforzaba no lograba ser el primero en mi calle. Y mucho menos pasar a la cuarta calle. La calle de los “rápidos”.
Me estaba poniendo cachas, de tanto hacer fuerza, eso sí.
Pero de nadar más rápido, nada.
Más que nadar, lo que hacía era dar una paliza al agua.
Y aunque no era muy importante en mi vida, me fastidiaba.
Siempre me ha fastidiado no conseguir “destacar” cuando me lo propongo.
Mi ego, que se tiene que enfrentar con sus limitaciones, ya sabes.
Un día, buscando por internet, me encontré con un sistema para nadar (Total Immersion, se llama), que parecía completamente diferente.
Tan diferente que el que lo enseñaba estaba (se le veía en el vídeo) más bien un poco gordito.
No un cachas, come me estaba poniendo yo.
Y hablaba de natación desde otro punto de vista.
De que había que cambiar el punto de flotación, que la propulsión venía de otro sitio… que había que nadar como nadan los peces…
Uno de las explicaciones se me ha quedado grabada. Decía que todos sabemos correr (más o menos), y si alguien quiere correr como deporte de competición, necesita, claro está desarrollar fuerza, capacidad anaeróbica, etc.
Pero la parte de correr, lo que se dice correr, la hará más o menos igual.
De hecho, no habrá una gran diferencia en el número de zancadas. Por ejemplo, para correr 100 m, un chaval de instituto da 50 zancadas y un semiprofesional 47.
Usain Bolt lo hace en 41 zancadas lo que “sólo” es un 18% de reducción en el número de zancadas, con respecto a una persona normal.
El punto es que correr como profesional es como el correr de amiguetes, solo que más.
Por el contrario, una persona “normal”, que sabe nadar, suele necesitar alrededor de 21-22 brazadas para nadar un largo de 250 m, mientras que un nadador de élite sólo necesita 7 de media: casi un 70% de disminución.
Es decir, nadar como profesional no es nadar como cuando vas de vez en cuando en verano a la piscina, que haces 2 o tres largos y te sientes como Tarzán.
No.
Es otra cosa.
Como si fuera otro deporte.
Brutal.
Decidí probarlo.
Había un barrera inicial: aprender este sistema implicaba que tenías que dejar de nadar durante un par meses y sólo hacer unos ejercicios muy, muy básicos, pero esenciales para este cambio.
Para quitarte los mecanismos de la anterior manera de nadar.
Para establecer los fundamentos de esta nueva técnica.
Hacerlos en el agua, claro, pero no nadar.
Los ejercicios eran sencillos, pero anti-intuitivos.
Estaba tan fastidiado con verme en la calle 3 y no en la calle 4, que me puse con ello.
El ego, como ya he dicho.
A veces el ego nos puede servir de motivación.
Cuando volví a las clases de natación, después del verano, que es cuando hice este cambio, iba más rápido que ninguno de toda la clase.
Incluidos los de la calle 4.
La calle de los rápidos.
Les sacaba casi un largo al acabar cada ejercicio. La gente me miraba diciendo, ¿pero qué te ha pasado?
¿Mi ego? Muy contento, gracias.
Creo que yo flotaba más de lo inflado que estaba.
Y lo mejor, iba nadando - yo sentía - despacio.
Daba las brazadas casi despacio.
1……2……1……2 y no 1,2,1,2,1,2 como iba antes.
Que parecía que me estaba desfogando a tortas con el agua.
Con la nueva técnica, me deslizaba como un misil (bueno, vale, me he pasado) y avanzaba mucho más fácilmente.
Como si el agua me llevara a mí.
Y cuando iba a la piscina sólo a hacer largos, era como una meditación.
1………. 2……….1………. 2………
Sin esfuerzo.
Deslizándome.
Es decir,
Para correr en competición, necesitas hacer lo mismo que haces normalmente, solo que más (más fuerte, más rápido).
Para nadar en competición, necesitas cambiar lo que haces. No puedes llegar haciendo más de lo mismo.
Qué casualidad.
En el mundo empresarial es “clavaíto”.
Para mejorar como profesional, necesitas hacer lo que haces, pero mejor.
Para hacerte con un negocio - de la misma profesión - necesitas cambiar lo que haces. No puedes llegar haciendo más de lo mismo.
Hacer más de lo mismo no funciona.
No va a funcionar.
Y ni siquiera te vas a poner cachas de tanto esforzarte.
Quizá consigas tener más ansiedad, estar más quemado, sentirte más imprescindible. Que te dé un yuyu.
Pero cachas no te vas a poner, seguro, de tanto esforzarte en tu trabajo.
Y de funcionar fluyendo con lo que hay que hacer y disfrutando, ni hablamos.
De tener tiempo libre y el dinero que quieres, menos.
Tienes que cambiar cómo nadas.
Como si fuera una disciplina diferente.
Un deporte distinto.
Este es el trabajo que hago con mis clientes.
Ayudarles a convertirse en nadadores de competición. Es decir, a aprender e implantar lo que necesitan hacer para conseguir que su negocio funcione.
Primero que se den cuenta de que tal como van no van a conseguirlo.
No se trata de más tiempo, ni más esfuerzo.
Se trata de que no es por ahí.
Se trata de que, aunque a todos nos gusta descubrir “nuestro” camino, el camino a un negocio exitoso ya está descubierto.
Lo que cambia es lo externo.
Lo interno es más o menos lo mismo en todos los negocios.
Nadan como los nadadores de competición, no como los amateurs.
Si quieres que veamos si podemos trabajar juntos, abajo tienes un enlace.
Pero primero necesito que tú estés ya cansado de seguir ahí, repitiendo el mismo patrón.
Luego que ya te hayas convencido que por ahí no se llega.
De que no se trata de hacer lo mismo pero más.
Si eso es cierto y quieres solicitar una entrevista para ver si te puedo ayudar, aquí tienes el enlace.
Si quieres llevar tu pequeño negocio, como si te deslizases por el agua (1…. 2….. 1….. 2…..) y no como si te estuvieses liando a tortas con ella.
Si quieres tener un negocio que funcione sin que tengas que estar. No sólo que funcione, sino que siga creciendo.
No puedes seguir nadando igual.
Aquí puedes pulsar para solicitar una entrevista y ver si te puedo ayudar.
Sólo si ya estás convencido de que por donde vas no es.
Si aún no lo estás, es mejor que lo sigas intentando.