Hoy es el último email de esta serie.
A partir de la semana que viene hablaré de otras cosas - un nuevo programa que vamos a lanzar - y cerraré de momento esta ventana para trabajar directamente conmigo.
Si te lo estás pensando, hoy es el día para pasar a la acción.
. . . . .
Ahora te voy a contar una historia Zen.
Una historia sobre iluminación espiritual.
Cómo buena historia Zen, es corta y al grano.
No como lo que yo escribo que me enrollo como las persianas.
Aquí va la historia…
“Antes de la iluminación, el hombre salía por la mañana a trabajar al campo con su buey, almorzaba, por la tarde regresaba a casa, guardaba su buey en el establo, cenaba, hacía el amor con su mujer y se iba a dormir.
Después de que se iluminó, el hombre salía por la mañana a trabajar al campo con su buey, almorzaba, por la tarde regresaba a casa, guardaba su buey en el establo, cenaba, hacía el amor con su mujer y se iba a dormir.”
Por fuera, todo parecía lo mismo.
Por dentro, todo había cambiado. Se había iluminado.
Como todo había cambiado por dentro, todo había cambiado.
Habrás visto que esta última serie de emails iba sobre un tema muy concreto.
La perspectiva.
La perspectiva que puede que hayas perdido.
Porque para seguir años en el lugar en el que están estancados la mayoría de los pequeños empresarios hay que haberse rendido o haber perdido la perspectiva.
La perspectiva de qué se supone que quiero.
De por qué he puesto mi negocio,
de qué quiero en mi vida,
de qué se supone que tendría que estar haciendo.
De cuál es mi papel.
En mi negocio.
En mi familia.
En mi entorno.
En mi vida.
Cuál es mi papel y qué implica esto.
Desde el punto de vista de mis acciones.
De mis intenciones.
De qué es lo que hago, y qué lo que no hago.
A qué digo que sí, y a qué digo que NO.
De qué hago, y desde qué perspectiva lo hago.
El día a día de un empresario de éxito, puede que no parezca muy extraño desde fuera.
Las cosas que hace serán, en algunos aspectos, parecidas a las que hacen casi todos los pequeños empresarios (excepto lo de pasarse el día en la producción, claro, excepto quizá al inicio del proyecto, durante unos meses o un año).
Lo que le diferencia es su perspectiva, su entendimiento del alcance de lo que hace.
Cómo se interpreta.
Cómo entiende su papel.
Qué se supone que tiene que hacer.
Qué espera conseguir.
Esto último es muy, pero muy, importante.
Para explicarlo, te propongo un experimento mental.
Imagina que en una pequeña empresa te contratan como director de marketing, por ejemplo.
¿Qué dirías tú que se espera de ti?
Si contestas que se espera que dirijas el departamento de marketing, aún no acabo de explicarlo bien.
Lo que se espera, o se debería de esperar, es que consigas una cantidad concreta de negocio nuevo, de ventas, de facturación. Que consolides o aumentes en un porcentaje concreto la penetración en el mercado. Que reduzcas un 15% la duración del ciclo de ventas…, cosas que
avancen el desarrollo de esa pequeña empresa en concreto.
Es decir, el puesto implica obtener un resultado concreto.
No es como un puesto de funcionario donde se trata de “gestionar” el departamento.
Pues igual con un empresario.
Su trabajo es diseñar y construir el negocio.
Que se convierta en una entidad lo más autónoma posible.
Que sea algo que está a su servicio y al de los que allí trabajan.
Que le permita vivir como quiere.
Si consideras que tu trabajo es llevarte un sueldo a final de mes, pues, oye, tan ricamente.
Pero eso no es un negocio… para el que lo ha puesto.
Es un negocio para tu competencia - porque se llevarán clientes que podrían ser tuyos.
Pero no para ti como propietario.
Un sueldo es lo que espera un trabajador.
Un negocio que funcione de manera cada vez más autónoma, y le sirva para vivir como quiere.
Esto es lo que espera alguien que quiere un negocio.
Si recuerdas tu papel como persona que dirige un negocio, acabarás con un negocio que tiene un valor.
Un valor en el mercado.
El propio negocio es tu producto.
Si no recuerdas tu papel constantemente y de manera consciente, el día a día, con sus pequeñas cositas, sus caprichos, sus propuestas, sus distracciones, sus aparentes urgencias, acaba dirigiendo tu vida y tus actividades en el negocio.
Y por lo tanto, acaba dirigiendo tu negocio.
No tú. Las circunstancias.
La primera fase del trabajo que hago con mis clientes es ayudarles a recordar su papel.
Además de recordárselo, también ayudarles a que se coloquen ahí - que es un poco más difícil.
Que reconecten con el impulso creador, innovador, arriesgado, aventurero, atrevido que les llevó a ponerse por su cuenta.
Quizá por arrojo y aventura.
Quizá por que sentían que no tenían otra posibilidad.
Y desde ahí quizá pueda renacer el espíritu, alimentándolo, y que comience a dirigir cómo se comportan en su día a día.
Todo lo que hacen.
Ya sólo con eso se sienten diferente, hacen cosas desde otra perspectiva, y los resultados comienzan a ser diferentes.
Si lo que te cuento te resuena.
Si quieres reconectar con lo que animaba tu intención inicial, aún estás a tiempo.
Siempre y cuando no te hayas rendido y tirado la toalla, claro.
Si no te has rendido y quieres ver como llegar de manera algo más directa, aquí puedes solicitar una entrevista para ver si podemos trabajar juntos.
Para ver si te puedo ayudar a retomar el camino, y llegar más rápidamente.