Mi amigo Héctor es un alpinista de nivel mundial.
Llegó a España, hace muchos años, siguiendo a su amor, pero la cosa no salió bien y finalmente se volvió a su país.
Mientras estuvo por aquí intentó buscarse la vida con lo que sabía hacer: montañismo, escalada, guía de montaña.
Pero la legislación aquí se lo ponía difícil.
Como no tenía el título de guía de montaña de España, le obligaron a hacer los cursos desde el principio.
Los profesores alucinaban de tener en su clase a este alpinista de nivel estratosférico, que les podía dar lecciones a todos ellos, que había hecho cumbre en varios 8.000 y era conocido a nivel mundial por todo el sector.
Era como tener a Einstein en clase de parvulitos porque había venido a España y no tenía el título oficial.
En fin, ya hace años de esto.
Mientras lograba sacarse el título intentó poner en marcha un pequeño negocio de motivación y formación empresarial a través de actividades de equipo que se desarrollaban en la naturaleza.
Tampoco esto le salió bien porque era demasiado pronto para España. Después se ha puesto de moda, pero por aquel entonces nadie lo conocía, y no logró que despegara.
Héctor era no muy alto. Siempre sonreía.
Y no lo parecía pero era muy, muy fuerte.
Es decir su aspecto más bien pequeño y sonriente engañaba mucho.
Recuerdo un día que me echó con una mano una mochila que llevaba, para que se la sujetara mientras saltaba un riachuelo, y casi me tumba la mochila.
Estaba llena de las cosas que llevan los montañeros: cuerdas, mosquetones, un piolet… y él la llevaba como si fuese la mochila que llevo yo con un bocadillo y un chubasquero por si acaso.
Héctor contaba muchas anécdotas.
Tenia una vida llena de ellas.
Una de las muchas que me contó fue que en una ascensión al Everest, iba acompañando a otro montañero muy conocido también y este último intentó hacer cumbre, pero finalmente no lo logró.
Se quedó tirado, sin poder subir ni bajar, con una lesión que le impedía moverse.
Imagina lo que es quedarte tirado en el Everest, muerto de frío y de cansancio, probablemente sin energía… y si la noche se echa encima puede que no sobrevivas.
El caso es que Héctor fue a por su amigo, lo bajó cargándolo, y luego, como quedaba algo de tiempo, decidió que iba a intentar subir de nuevo a hacer cumbre (estaba en una expedición contratada y hacer cumbre era muy importante para ellos).
El caso es que cansado, derrengado, después de haber bajado a su amigo y comprobado que estaba bien, volvió a salir al frío y a la pendiente.
Hizo cumbre.
Y luego queda lo que nadie dice: bajar otra vez al campamento.
Lo logró.
Héctor lo contaba como si nada. Como tantas otras anécdotas que contaba.
Pero si hubiera tenido el menor contratiempo, la noche se le hubiera echado encima y probablemente no lo habría contado.
¿Qué haría cualquier persona normal cansada, casi agotada, con un frío extremo, en condiciones muy peligrosas?
¿Decidir que va a subir otra vez?
Cuando tiene todas las excusas, todos los motivos, todas las razones para decir: he logrado rescatar a alguien que probablemente iba a morir.
Mejor me quedo, descansamos y mañana bajamos.
No.
Él dijo: “Hemos venido a hacer cumbre. Voy a hacer cumbre”.
¿Qué diferencia a Héctor de una persona normal?
La mentalidad.
El mindset.
Es lo que hace que lo que a cualquiera le haría parar, a él ni se le registraba.
Y esta mentalidad es igual de necesaria en tu pequeño negocio.
Una mentalidad que te hace tener claro qué tienes que hacer y no andar buscando excusas para no hacerlo o motivos por los que no lo hiciste.
Es muy habitual que un pequeño empresario se queje de falta de claridad, de falta de foco, de no saber qué hacer a continuación, que está perdido, que ve que se dispersa continuamente…
Que, finalmente, no hace cumbre.
Este foco, esta claridad en qué es lo que hay que hacer a continuación, viene de cómo te interpretas.
De cómo entiendes tu papel.
De tu "mindset".
Si no te interpretas como montañero profesional, no se te ocurre salir de la tienda de campaña otra vez, ni de coña.
Si tienes claro que eres un profesional, todo lo que a otros nos echaría para atrás, ni se registra como algo que haya que tener en cuenta: cansancio, frío, hambre…
No es un tema.
Va con el territorio.
En tu pequeño negocio, es igual.
Si no te interpretas desde la mentalidad adecuada, no sales de la tienda de campaña, ni de tu zona de confort, ni de coña.
Pero cuando logras el “mindset” correcto, esto de que te apetece o no te apetece, te gusta o preferirías no hacerlo, deja de entrar en la ecuación.
Aprendes a que te guste lo que consigues con lo que haces: un negocio al servicio de tu vida.
Si te notas que estás difuso en tu pequeño negocio, no tienes claridad absoluta sobre lo que tienes que hace a continuación, ni cómo averiguarlo, puede que te interese el curso de coaching en grupo “Mindset Emprendedor” que comienza en breve.
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