Encontrarte medio gusano…
¿Hay algo peor que tener socios no elegidos porque tengan mentes muy empresariales?
Sí, pero para explicártelo antes te tengo que contar sobre escalada.
Hace años, mi amigo, Héctor Ponce de León, un conocido escalador mexicano de alta montaña de nivel mundial, del que he hablado en otro email, me intentaba enseñar a escalar (además de otras cosas, era muy generoso con su tiempo).
Un día me dijo que a la hora de tomar decisiones arriesgadas - y en la montaña y en la escalada te encuentras con este tipo de decisiones todo el rato - había 2 cosas que tener en cuenta.
Por un lado, la probabilidad de caerte (es decir, cómo de estrecho es el paso, o cómo de pequeño el agarre en el que te vas a apoyar).
Por otro, las consecuencias de caerte.
Por ejemplo, imagina dos situaciones.
La primera sólo tienes un agarre de 1,5 centímetros para las manos y 3 centímetros para los pies, y así tienes que moverte en lateral durante 10 metros.
En la otra, tienes 20 centímetros de agarre para las manos y 20 centímetros para los pies y, además, sólo tienes que avanzar 3,5 metros.
Es decir, es muuuho más fácil esta segunda situación.
¿Cuál te parece más arriesgada? Si duda la primera, ¿verdad?
Las probabilidades de caerte en el primer caso son cercanas al 90%, y en el segundo son “sólo” del 10%, digamos.
Esto es lo que llamamos “Probabilidad”.
Si añadimos el factor “Consecuencias”, por ejemplo la distancia al suelo, y decimos que en el primer caso estás a 10 centímetros del suelo y en el segundo a 150 metros, probablemente te pareciera mucho más arriesgada la segunda opción. ¿Por qué?
No por las probabilidades de caerte, sino por las consecuencias de caerte.
Puedo vivir con caerme 10 centímetros 9 veces de 10, pero no sé si podría vivir con el 10% de probabilidades de matarme.
Aunque quizá sea un ejemplo extremo, esta diferencia entre Probabilidades y Consecuencias es muy importante para el tema de hoy: los socios.
Y en concreto los socios que son amigos o familia.
No tiene muchas probabilidades de salir bien.
Pero no tiene por qué salir mal, me dicen a menudo.
Vale.
No es 100% garantizado que te vaya a salir mal, pero entonces vuelvo a lo de Héctor: probabilidad o consecuencias.
Las probabilidades de que tener a tu pareja o tu familiar como socio produzcan un deterioro de vuestra relación - incluso una ruptura - pueden ser alrededor del 50%. Es una estimación personal, no basada en datos estadísticos, sino en lo que veo, oigo y
leo.
Pero aunque fuesen del 10%…
Las consecuencias de deteriorar la relación pueden ser terribles.
Las relaciones son clave para los seres humanos.
Por qué podrías en peligro innecesario, aunque sea un 10%, una relación clave para ti?
¿Sólo porque no quieres buscar financiación externa para tu proyecto?
¿Sólo porque te da miedo hacerlo sin ayuda?
¿Sólo porque no te atreves a ponerte en tu papel?
¿Qué dice esto de ti?
¿De tus valores?
En el email anterior hablaba de los motivos más habituales para buscar socios: no tenemos “dinero”.
Dinero para pagar una habilidad, por ejemplo.
O una necesidad puntual, por ejemplo.
En lugar de buscar un socio capitalista, se nos ocurre dar una participación de mi empresa a alguien porque reúne dos condiciones:
a) Lo conozco o me cae bien.
b) Tiene un conocimiento técnico del que carezco.
También hablaba de las consecuencias para la empresa de tener varias personas al mando, NINGUNA de las cuáles está ahí por sus conocimientos empresariales.
Hoy quiero fijarme en otro aspecto. Las consecuencias personales.
Si la persona que has elegido (por los motivos inadecuados) es, además, una persona amiga, este 50% representa también las probabilidades de que tu relación se vea negativamente afectada por haberlo tomado como socio.
Y si has hecho la sociedad con tu cónyuge o hermana o padre, ahora resulta que cada división de opinión, cada diferencia de parecer en la empresa, está suponiendo un desgaste también en tu vida personal y familiar.
Por supuesto no siempre tiene que pasar esto.
Puede que a pesar de todo no te lleves mal con tu socio.
Puede.
Pero lo que sin duda no va a ocurrir es que conformar una sociedad con tu pareja, por ejemplo, vaya a mejorar vuestra relación.
Las relaciones personales tienen una idiosincrasia y unos parámetros que en el mundo laboral no proceden.
Las probabilidades de que ambos lo sepan, lo conozcan, y sean capaces de mantener una relación profesional en el trabajo y seguir siendo igual de cariñosos y entregados en la vida personal son, en mi experiencia, bastante bajas… de hecho, tienden a 0!
Si tienes una relación de dependencia con tu cónyuge - y por ejemplo él o ella se ocupa de ciertas cosas en la casa, las probabilidades de que no esperes que lo haga en el trabajo son escasas, y de que tu cónyuge se niegue si lo haces, también.
Si tenéis una discusión fuerte en el trabajo y discrepancias sobre dónde ha de ir el negocio, o sobre cualquier cosa (como ocurre entre socios o entre compañeros de trabajo), las probabilidades de que cuando volváis a casa estéis como si no hubiese pasado nada, también son
escasísimas.
Además, tu casa deja de ser un sitio al que venir a desconectar del trabajo.
Resumiendo, con la manera habitual de elegir un socio es casi imposible que salga bien y si sale es por suerte.
Las probabilidades son en realidad bastante altas de que acabe por tener discrepancias importantes con mi socio.
Incluso que acabe por llevarme mal.
Pero las consecuencias son limitadas si esta persona no está dentro de mi ámbito afectivo.
Pero si alguien cercano a mí, las consecuencias pueden ser desastrosas para mi vida personal y para el negocio.
Volviendo al gusano y la manzana.
¿Hay algo peor que hacerte socio de alguien por motivos no empresariales?
Hacerlo con un familiar.
En general, la capacidad de estructuración de mi satisfacción vital, de aportar felicidad, bienestar, reposo, etc. que ofrece la familia y los amigos está a años luz de lo que obtenemos en el trabajo.
No pongamos en peligro lo más importante, para sacar adelante lo menos importante (sobre todo cuando ni siquiera es la manera adecuada).