Unos venimos con unos dones o facilidades, otros con otras.
Como ya he confesado anteriormente, a mí lo de hacer maletas o mudanzas no es que se me de mal. Es que es casi una tortura.
Y eso que era bastante bueno jugando al Tetris.
Pero lo de las maletas y mudanzas no es sólo una cuestión de formas y ocupación de espacios.
Está claro que hay algo psicológico que se mueve ahí y que convierte mi - habitualmente - afilada mente (mi mujer se ríe cuando lee esto de mente afilada), en una herramienta oxidada, difusa y con la consistencia de un espagueti.
Según escribo esto me doy cuenta de que desde pequeño - desde muy pequeño, pues mis padres emigraron cuando yo tenía 1 año - los viajes (maletas, mudanzas) han sido algo muy habitual en mi vida.
Mi familia se mudó de Madrid a Londres, de Londres de vuelta a Madrid, unos años después. Más tarde emigramos a Canadá. Para entonces yo tenía 15 años.
Una vez allí, más de lo mismo: de un extremo de Canadá al otro. Además, en Canadá, lo habitual es mudarse cada año o dos años (no tengo ni idea de por qué).
Años después, vuelta a Madrid, ya con casi 30 años. Y en Madrid toda una serie de trabajos que implicaban viajar casi constantemente. Semanas, meses, en ocasiones años fuera de casa.
Y así durante años. Afortunadamente parece que de momento la cosa lleva unos años tranquilos.
Por eso creo que la dificultad con lo de hacer las maletas tiene más que ver con cómo lo interpreto en el fondo, que con lo difícil que pueda ser.
Al fin y al cabo, en el Tetris era un “crack”.
Y esto tendría que vale para algo, ¿no?
Pero por otro lado, una cosa que me ha soportado en todos estos cambios, mudanzas, países es una idea.
Esta idea me vino un día en Nueva Escocia.
Canadá.
Enero.
Noche cerrada.
20 grados bajo cero.
Tenía 17 o 18 años. Me había ido de Montréal a Nueva Escocia a vender enciclopedias para ganar dinero.
Caminaba de vuelta a donde nos tenían que recoger a los que habíamos salido a vender de puerta en puerta.
Llevaba dos pares de pantalones por el frío que hacía.
El vaho del aliento, al salir de la bufanda, se me congelaba en las pestañas de manera que si parpadeaba se quedaban pegadas y no podía abrir los ojos.
Vamos que hacía frío, frío.
La acera estaba llena de nieve y todo a mi alrededor nevado.
Estaba muy desanimado.
No llevaba una venta hecha esa noche.
Ya hacía varios días que no vendía nada.
Allí, aunque sólo cobrabas comisión, si no vendías te echaban.
Me sentía perdido en medio de un país inmenso.
Donde si no “produces” te quedas en la cuneta.
En ese momento, que más de 40 años después aún recuerdo, la idea que me vino es que “siempre podría contar conmigo”.
Parece una idea muy extraña, y contada así puede que no diga nada.
Pero para mí supuso una especie de conexión con una fuerza interior.
Con una idea, o más bien con una sensación, muy concreta.
Aunque entonces no se utilizaban estos términos, sería algo que hoy llamaríamos “empoderador”.
Después he reconectado con esa sensación en muchas ocasiones.
De hecho creo que me acompaña, en voz baja, constantemente.
Cuando he estado en la tesitura de tener que decidir si me embarcaba en un proyecto o no.
Algunos descabellados, como decidir hacerme guitarrista profesional de flamenco cuando había empezado a tocar la guitarra con más de 20 años.
Otros menos descabellados, pero interesantes, como dar clases de traducción en una universidad privada, o aceptar retos en la empresa de traducción en la que trabajaba.
Retos a los que nadie se atrevía (tenían que ver con los proyectos que se aceptaban, los clientes a los que intentábamos contactar, y cosas así).
Me alimentaba de esta creencia de que “Sí podía”.
De igual manera, cuando tuve el problema con mi pequeña empresa y me di cuenta de que era cuestión de re-enfocar lo que hacía y cómo me interpretaba, sé que hubiera podido desanimarme y venirme abajo por todo el trabajo que quedaba por delante.
Pero esta conexión con la idea de que “yo podía contar conmigo” me chutó la energía necesaria.
Aunque soy un defensor a ultranza de los sistemas, de los checklists, de los procedimientos, de los métodos, de la lógica, de la gestión razonada de los proyectos, porque son todo herramientas muy útiles y si no estaríamos intentando re-inventar la rueda
constantemente, también soy consciente (porque lo he vivido desde muy joven en mi persona y también en mis clientes), que lo que de verdad, de verdad, manda es cómo nos interpretamos a nosotros mismos.
Nuestra auto-imagen.
Nuestra Mentalidad. Nuestro Mindset.
Sin esto, todo lo demás da igual.
Con esto todo lo demás es un añadido.
Un cómo.
Para hacerlo más rápido.
Para hacerlo mejor.
Pero hacerlo, lo que se dice hacerlo, viene de la parte más emocional.
De tu mentalidad.
Por mucha metodología de gestión de tareas, de gestión de proyectos, de checklists, de procedimientos, etc. que intentes implementar, si no hay una implicación emocional en lo que estás haciendo, nada de esto hará que generes la energía y la motivación
necesarias.
Cuando tu perspectiva mental - en concreto tu idea de ti - es la adecuada, la energía y la motivación la tendrás a raudales.
Otra cosa que me ha gustado mucho es enseñar. Y he enseñado muchas cosas.
Pero de las más gratificantes y, a la vez, más complicadas de enseñar es esto del cambio de Mentalidad.
Porque en el fondo estamos muy enganchados con nuestra idea de nosotros mismo.
Aunque todos entendemos la idea, nos cuesta mucho soltar incluso una autoimagen negativa.
Por eso diseñé este curso inicialmente y lo he ido afinando desde hace más de 10 años.
Si te apetece explorar qué podrías hacer, qué podrías ser, en qué se podría convertir tu pequeño negocio si te atreves a desarrollar otra mentalidad, aquí tienes información y puedes apuntarte para que tengamos la reunión exploratoria.