Un día, en 1999, recibí una llamada de teléfono de mis asesores contables.
El mensaje era muy claro.
“Juan Antonio, estás en quiebra técnica”.
Me quedé sin habla.
“Ahora mismo podemos hacer unas compensaciones con pérdidas de otros años, pero si no se resuelve esto antes de fin de año, tenemos que notificar al Banco de España.”
“Gracias. Ya hablamos.” Es lo único que acerté a decir.
Noté que se me iba la sangre de la cara. Sentí como me pitaban los oídos y tenía una sensación como de moscardones volando en la cabeza.
…
Hacía sólo unos meses, todo parecía ir de maravilla.
Hasta había comprado un pequeño piso con el dinero que ganaba en la empresa y había puesto allí la oficina.
Un par de años antes, me había puesto por mi cuenta, después de trabajar en una empresa del mismo sector.
Un negocio de traducciones técnicas. En concreto, traducciones de programas informáticos.
Mi objetivo era que la calidad técnica de nuestras traducciones fuese excepcional, así que pasaba el día revisando y corrigiendo traducciones, editando, gestionando los proyectos...
Empecé contratando a otra persona a tiempo parcial, pero en estos dos años ya éramos cuatro.
Teníamos comentarios muy positivos de nuestros clientes. Estaban encantados con nuestro trabajo.
Estábamos muy ocupados. Y sobre todo yo estaba, muy, muy ocupado.
Pero satisfecho, y contento con cómo iba mi negocio.
Porque, yo hubiera dicho que iba bien, ¿no?
No tan bien.
Sin que me diera cuenta, mi negocio se estaba yendo al traste.
Un día, sin previo aviso, nuestros 2 principales clientes decidieron descontinuar la línea de trabajo que estábamos haciendo.
Las traducciones no producían más ventas, por lo que decidieron dejar de hacerlas. Nada que ver con nuestro trabajo.
De repente, me di de narices con un hecho.
No tenía nada más a lo que recurrir. No tenía más clientes (estaba tan ocupado que con lo que ganábamos me parecía suficiente).
No tenía contactos.
Y lo peor de todo: estaba sin dinero.
Tenía dinero para un mes si despedía a todos.
Pasé por un infierno, financiera y personalmente.
Por tener que pedir dinero prestado para poder comer y para pagar el alquiler. Pasé por que los cajeros automáticos se tragasen mis tarjetas de crédito una tras otra...
Me vi haciendo chanchullos.
Lo peor.
Y finalmente la llamada de mis contables.
Quiebra técnica.
No sólo estaba la empresa hundida.
Yo estaba hundido.
Hasta que me di cuenta de algo.
Un día, de la nada.
Esto es lo que me di cuenta: había puesto un negocio, pero no tenía idea de lo que esto implicaba.
Había estado corriendo en una cinta hacia ninguna parte.
Haciendo lo que siempre había hecho, y que hasta entonces me había servido bien.
Productos impecables, técnicamente. En plazo. En presupuesto.
Pero había confundido cuál era mi verdadero papel en mi negocio.
Darme cuenta de esto es como que hubiese hecho “clic” algo dentro de mí.
Conecté de nuevo con la ilusión del negocio, con la motivación de lograrlo y con la claridad que me daba mi nueva perspectiva.
No puedo decir que la vuelta fuera fácil.
Tardé 3 años, y si te interesa puedes leer el resto de la historia pulsando aquí.
A lo que estoy apuntando con esta historia es de dónde viene esto que tanto resalto de la mentalidad, del Mindset.
Viene de mi experiencia.
De una experiencia que casi me hunde.
La relación que hay entre la mentalidad, el mindset, que tienes y los resultados que obtienes en tu negocio es el fundamento de mi trabajo como coach empresarial y es la asignatura pendiente en general en la formación de las personas que se ponen por su
cuenta.
En breve empieza el programa de coaching en grupo Mindset Emprendedor.
Es una manera de comenzar a verte haciendo ese cambio. Y de ver a otros en la misma situación que tú.
Sin duda, también te llevarás muchas otras cosas: ideas para identificar tus objetivos, para ponerte en marcha, mecanismos para seleccionar qué hacer, plantillas para hacer seguimiento del avance, paradigmas para que puedas resolver problemas más rápida y, sobre todo,
certeramente.
Hasta un Plan de Acción Personalizado.
Pero lo que de verdad marca la diferencia es la mentalidad.
La mentalidad que te va a permitir interpretar tu negocio y tu papel en él de otra manera.
De la manera que hace posible que sí tengas éxito, y no que sólo tengas un puesto de trabajo.
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