Hasta hace poco, vivíamos en Madrid.
No en cualquier sitio.
Vivíamos en un ático en el centro de Madrid.
Era un ático muy bonito, por la zona centro. Tenía una terraza muy amplia desde la que se veía la sierra.
Poder ver la sierra desde el centro de Madrid es un verdadero lujo.
Además era un piso muy luminoso y, difícil de creer, muy tranquilo.
Pero hace unos años nos mudamos.
Venía de camino un pequeño y llevábamos tiempo pensando en irnos a un sitio más cerca de la naturaleza.
Así que nos mudamos a La Alpujarra de Granada.
Y menos mal, porque el pequeño que vino es una dinamo de energía y en ese piso hubiera sido una experiencia muy diferente.
Aquí está ahora corriendo detrás de gatos, de pájaros, regando las hortalizas (y pisando algunas, claro), acariciando caballos…
Vamos que no tiene que ir a una granja-escuela, porque lo tiene todo a su alrededor.
En fin, muy diferente.
No digo que criarte en una ciudad sea todo malo, claro.
Pero sí que es muy diferente.
El caso es que para la mudanza (que es parecido para mí a lo de hacer maletas, es decir, que se me da fatal), se encargó Bea, mi mujer.
A ella le encanta y a mí me pone muy mal, además de que se me da fatal.
Todo lo que tiene que ver con mudanzas y maletas me dispara algo, como ya he dicho en varias ocasiones.
Pero en este caso, que llevaba viviendo en ese piso casi 20 años, con todo lo que acumulamos… En fin, mejor ni pensarlo.
Así que Bea se ocupó y lo hizo fenomenal.
Todo llegó aquí.
Lo negoció todo muy a fondo.
Es curioso como en lo que le interesa, se le da muy bien negociar, de manera intuitiva.
A lo que iba…
Hace poco, estaba hablando con Bea sobre otro tema y llegamos a cómo eligió la empresa de mudanza.
Seguro que los de la empresa no saben por qué fue.
Pues el proceso que siguió fue el siguiente:
Buscó en internet.
Llamó a algunas al azar, porque tampoco veía mucha diferencia, y vinieron a visitar el piso para hacer una estimación.
Hasta aquí, es lo habitual.
De lo que sí se acuerda es de las personas que vinieron.
De la impresión que le dejaron.
Uno era muy de andar por casa. Muy natural. Esto le gustó.
Otro parecía un comercial de toda la vida.
Este le gustó menos, pero le pareció que si la empresa era tan eficiente como parecía el que vino a ver el piso, seguro que lo hacían bien.
Pero vino otro y echando un vistazo le propuso un par de ideas para la mudanza.
Cosas que los demás no habían propuesto.
Detalles como que llevase un par de llaves extra encima – tanto del piso de Madrid, como de la casa a la que nos mudábamos.
Pero además, cuando miró en la cocina le dijo a mi esposa: “Bueno, y la Thermomix, por supuesto, en una caja aparte para ella”.
Bingo.
Después de oír esto, ya era casi imposible que eligiese otra empresa.
Sobre todo porque todas se fundían en su mente en una sola.
Lo que destacaba era cómo se había sentido ella en el intercambio.
En este caso concreto, la persona había dado en el clavo de lo que realmente le importa a su cliente.
Pero esto NO estaba en la web de la empresa.
Ni nada parecido a esto.
Tampoco en la web de las otras empresas.
Todo lo que mi mujer recuerda es cómo le hizo sentir esto y cómo recordaba a esta empresa.
Pues si logras que tu posible cliente se sienta así cuando ve tu mensaje comercial, estarás muchos, pero muchos, pasos por delante de tu competencia.
Porque el primer paso para que puedas servir y ayudar a tus posibles clientes es que te vean.
Que vean que estás ahí.
Que noten que existes.
Y para esto, en medio de todo el jaleo, necesitas tener un mensaje comercial que les llegue.
Qué haga ¡Bingo!
Dentro de poco voy a dar una masterclass sobre “Discurso Comercial” donde desmenuzaré cómo elaborar un mensaje que llegue directamente a tu cliente ideal.
Para que, en medio de todo el jaleo, puedas quedar grabado en la mente de tu cliente.
Que es donde quieres estar el día que decida que necesita tu producto o servicio.
¿No?
Pues eso.
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