Sí, tengo que confesarlo.
Aunque toda la vida me ha parecido un poco “hortera” eso de ir a tomar clases de baile, y especialmente de salsa, yo también lo hice…
1, 2, 123, 1, 2, 123
Era en una discoteca. A veces cambiábamos de local. Ya no recuerdo cómo los conocí - en algún chat de “amigos” de esos, supongo.
Era una situación algo "diferente", porque era una discoteca pero cuando no había casi nadie.
Antes de que comenzara a llegar la gente. Estaban las luces estas que giraban, los empleados preparando las cosas, el olor a sitio donde a veces hay mucha gente, también el olor de ese ambientador que ponen, la pista de baile… pero no había clientes.
Sólo nosotros.
El caso es que había un profesor o profesora, que a veces cambiaban, y los alumnos solíamos coincidir.
En los bailes de este tipo, se supone que uno es el que “lleva”. El que dirige.
En principio, creo que se supone que es el hombre, y por eso lo tradicional es “sacar a la chica” a bailar. Seguro que hay muchas imágenes alegóricas con todo esto, pero a lo que voy:
En cada clase, el profesor nos enseñaba un paso nuevo - o repasaba uno anterior - y durante un rato practicábamos el paso individualmente.
Luego lo practicábamos con pareja. Después de un rato, cambiábamos de pareja.
Ponían la misma música una y otra vez y cada vez la bailábamos con una persona distinta.
Y, aunque “cada persona es un mundo” había algunas situaciones que se repetían.
Una situación que se repetía era en la que yo me esforzaba por hacer el paso bien y si notaba que la chica se retrasaba o adelantaba, me ponía un poco tenso y “tiraba” un poco más forzadamente de ella.
Yo tampoco controlaba mucho, que se diga, y parecíamos - los dos - algo robóticos. Ella se dejaba llevar - o lo intentaba - pero como ninguno tenía mucha experiencia, el resultado no era nada estético.
Al menos cuando acabábamos todo eran sonrisas: perdona te he pisado… pues anda que yo, te he metido el dedo en el ojo…
Luego estaba la que se peleaba.
Una cosa era segura: esta chica no quería que nadie - o por lo menos yo - la dirigiese.
Lo de bailar en pareja era, para ella, simplemente una alusión de localización.
Geográfica.
De ubicación espacial.
No que estuviésemos haciendo algo juntos. Sino cada uno lo nuestro, uno
- desafortunadamente - al lado del otro.
Lo único que ella quería era repetir sus pasos - los que había aprendido - mientras yo andaba por ahí, haciendo los míos.
Cómo algunos pasos requerían dar vueltas y recoger al otro, al no haber el más mínimo interés en el “trabajo en equipo”, por así decirlo, todo eran pisotones, tirones, resistencias, malas caras…
Vamos que cuando acababa la música y se iba a bailar con otro, ni nos despedíamos.
Y luego…
Algo completamente diferente.
Un día me tocó bailar con la profesora.
De repente todo era fácil.
Me llevaba de acá para allá; yo parecía que sabía exactamente cuándo girar, a qué velocidad, cuándo parar… hacía que bailase como si supiera.
Todo super fácil (incluso para alguien como yo a quien le cuesta mucho dejarse llevar). Pero lo más sorprendente es que no tomó el papel de “hombre”, o de la persona que obviamente está dirigiendo.
No.
Lo hacía desde “su” papel, pero era ella la que llevaba la batuta. Y yo tan contento.
Todo salía suave y rodado.
Una conversación de venta, una reunión con un posible cliente, es exactamente como un baile en pareja.
Alguien tiene que “llevar” el baile.
Si no sabes, o si cada uno tira por su lado, acabáis gastando un presupuesto en podólogo, no aprendes a bailar y sobre todo, no disfrutas, ni consigues lo que buscas.
En una conversación de venta, quieres - o deberías querer - dirigir la conversación hacia una venta (¿verdad?), pero si no te sabes bien los pasos, aunque la persona que tienes delante se deje y te escuche, os acabaréis pisando y despidiéndoos sin saber si volveréis a bailar juntos.
Si no tienes claros los pasos y la persona que tienes enfrente quiere llevar la conversación hacia otro lugar, no sabrás cómo salir del atolladero y te acabarás preguntando qué haces ahí.
Esta es una de las peores señales, porque tiempo a solas con un posible cliente es de los mejores regalos que te pueden hacer: es tu oportunidad de encandilarlo.
De transmitirle cómo mejorará su vida, su situación, por elegirte a ti.
Claro que, si te sabes la coreografía, como la profesora, y sabes cómo ayudar al otro a dar los pasos necesarios para llegar al final que buscamos, entonces todo fluye con facilidad, tranquilidad y, sobre todo, claridad.
En tus reuniones de venta, ¿Quién dirige el baile?
Si quieres vender más y más fácilmente.
Sin estrés, sin ansiedad, sin incógnitas.
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