Cerca de mi casa, en Usera, el barrio de Madrid donde nací y me crie, había una tienda de
“Utramarinos”.
Hasta que me hice algo mayor siempre pensé que “ultramarinos” era un producto, como garbanzos, o lentejas…
sonaba muy misterioso.
Era una tienda algo oscura con un olor muy particular, que luego he vuelta observar en tiendas
similares.
Tenía las legumbres en sacos abiertos, delante del mostrador y si pedías unos garbanzos, salía el hombre con una
especie de pequeña pala cilíndrica, y una bolsa alargada de papel que dejaba sobre la báscula e iba echando legumbres en la bolsa de papel, mientras miraba fijamente la báscula.
Lo que más me llamaba la atención era el aparato para cortar bacalao.
Siempre rodeado de pequeñas migas saladas.
A veces, cuando el hombre pasaba a buscar algo a la
trastienda, yo cogía unas migas y me las llevaba a la boca.
Mi madre solía enviarme a comprar cosas que se le habían olvidado
- los padres helicóptero aún no se habían inventado y los niños además de pasar muuuucho tiempo jugando en la calle, íbamos a hacer recados de vez en cuando.
Yo llegaba y según entraba decía, con mi voz de niño, claro “Que dice mi madre que me dé cuarto de kilo de queso manchego”, mientras apretaba en el puño el dinero que me habían dado.
“¿No ves que estoy despachando?" decía el hombre. "Estos niños…“ .
Cuando al final me tocaba a mí, le repetía: “Que dice mi madre que me dé cuarto de kilo de queso manchego”.
Como el hombre ya sabía qué queso quería mi madre, lo cortaba y me lo daba envuelto en el papel de estraza.
Y yo salía corriendo de vuelta a casa, con el queso y las vueltas.
Este hombre en general no vendía, sino que despachaba.
Se limitaba a dar a la gente lo que le
pedían.
Y, claro, no es lo mismo despachar que vender.
Y él sabía la diferencia. Porque de vez en cuando, cortaba un pequeño trozo de bacalao y me lo daba.
Para que se lo llevase a mi madre y que viese lo bueno que estaba.
Y mi madre ponía cara de dudar y a veces decía, “ve y pídele mitad de cuarto”, y allá que me iba otra vez, escaleras abajo…
Como no había tele, ni internet, ni YouTube, esto era tan divertido como cualquier otra cosa.
Pero a lo que voy es que cuando el hombre me daba un poco de bacalao para que mi madre lo probara, entonces sí estaba vendiendo.
Hasta entonces, sólo despachaba.
¿No ves que estoy despachando?
Cada vez me queda más claro que con toda la tecnología y las aplicaciones de marketing digital, la gente se queda mucho más en despachar y lo confunden con vender.
Y si no ves la diferencia entre despachar y vender, te estas dejando mucho, mucho dinero.
¿Quizá justo la cantidad que supondría que tu pequeño negocio fuera mejor?
El día 13 de septiembre, como sabes, empiezo de nuevo el curso Ventas para No-Vendedores.
Si crees
que tus ingresos podrían mejorar, y quieres aprender a hacerlo, igual te interesa.
Aquí te puedes apuntar.