En 2007, Atul Gawande publicó en The NewYorker un artículo titulado “The Checklist”. De este artículo, que tuvo mucho éxito, acabó publicando un libro.
No te recomiendo el libro necesariamente, porque todo lo que tenía que decir está en el artículo. Ya sabes, es otro caso más de sacar un libro a partir de un artículo añadiéndole 100 páginas de ejemplos, anécdotas y similares. Pero el meollo de lo que quiere decir está en el artículo.
Pero por si acaso, el libro se llama, en español, “El efecto Checklist” (y en inglés The Checklist Manifesto).
En el artículo contaba como, en una excursión, una niña se había caído en una laguna helada.
La niña estuvo 30 minutos bajo el agua, hasta que los padres la encontraron y la sacaron.
Siguiendo las indicaciones de un médico de urgencias, que habían logrado que se pusiera al teléfono, comenzaron el protocolo de reanimación cardiopulmonar.
8 minutos después, llegó un equipo de rescate.
La niña tenía una temperatura corporal de 18 grados y no respiraba.
Sus pupilas no reaccionaban.
A pesar de que esto indicaba que el cerebro estaba detenido, continuaron la reanimación.
La
llevaron en helicóptero al hospital más cercano y allí directamente al quirófano.
La conectaron a una máquina de bypass
coronario. Cuando consiguieron hacer todo esto, hacía hora y media que la pequeña se había caído al agua.
A las 2 horas, su
temperatura corporal comenzó a subir. Y el corazón comenzó a latir.
Cuando la temperatura llegó a 36ºC, el equipo quiso
conectarla a un respirador, pero los pulmones estaban demasiado dañados por el agua.
Le tuvieron que serrar el tórax y
conectar los pulmones a una membrana extracorpórea.
Un día después, habían conseguido que los pulmones se recuperasen como
para conectarla a la respiración asistida.
En lo siguientes días, meses y años, fue recuperando el uso de sus órganos, de su
cerebro y de sus miembros.
Dos años después, estaba totalmente restablecida.
¿Por qué te cuento esto?
Porque casi lo más milagroso no es que esta niña sobreviviese.
Lo más milagroso es que las personas que participaron en su salvamento, reanimación y recuperación lograsen hacer esta serie de pasos tan complejos sin saltarse ninguno, cada uno en su momento.
Cualquier paso que se hubiesen saltado hubiera significado la muerte, o una vida terrible, para la niña.
La única manera de lograrlo es siguiendo un procedimiento muy claro.
Y que todo el mundo tuviese acceso a este procedimiento y supiese qué hacer en cada situación y ante cada emergencia.
Y el Checklist del título se refiere a la lista de verificación en la que se refleja el procedimiento.
Según vas haciendo los pasos, los vas marcando como hechos.
De manera que no te olvidas nada.
Nunca.
Por que no tienes que depender sólo de tu memoria.
De manera que si tienes que dejarlo y continuar más adelante sabes exactamente cómo hacerlo y qué hacer.
O si tiene que continuar otra persona, sabe exactamente qué hacer y cómo.
Siempre sabrás cómo medir el resultado de lo que haces.
Resultados a veces sorprendentes. Por ejemplo: a raíz de un estudio, en el hospital Sinai-Grace, en Michigan, se implantó un sistema de checklists para algunas áreas médicas.
No decidieron hacer ningún procedimiento médico diferente.
Sólo instaurar una lista de verificación de que se había hecho lo que se suponía que había que hacer.
El resultado: una disminución del 66% en los casos de infección hospitalaria.
Una reducción a 0 de los casos de infección en la UCI.
Utilizar un sistema y una manera de confirmar por dónde vas no tiene más que
ventajas, aparentemente.
Incluso los médicos que en una encuesta dijeron que no utilizarían una checklist en sus operaciones
preferirían que los cirujanos que los operasen a ellos sí la utilizaran.
Es muy simple: si tienes un sistema y lo documentas
de manera que lo puedas seguir, tus probabilidades de éxito se multiplican.
Todos lo sabemos.
En la cirugía, en el pilotaje de aviones, en el cambio de neumáticos en la F1…
... y en tus ventas.
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