La semana pasada, al empezar una sesión me decía un cliente… “Hoy no sé de qué hablar, está todo tranquilo, no hay problemas…”.
Y seguía: “La verdad es que llevamos unos días tranquilos y estoy un poco desconcertado porque no sé por donde seguir…”.
Estos inicios de sesión me gustan porque suelen ser las sesiones más interesantes (para mi cliente y para mí).
En este caso no fue distinto.
No voy a entrar en detalles, por supuesto, pero este “no saber por dónde tirar” y el desconcierto que le producía el no tener incendios puedes imaginar que dio lugar a una de las sesiones “más intensas que hemos tenido” como dijo él al final.
Este desconcierto sobre por dónde avanzar no es tan raro como pueda parecer.
De hecho, está bastante extendido.
Y - y esto es sólo opinión mía - la utilización de RRSS lo está exacerbando hasta convertirlo en difícil de gestionar.
Y no me refiero a adolescentes aburridos, sino a adultos que tienen su propio negocio.
Y esto es clave, por que si no sabes por dónde tirar, es muy fácil que acabes o no haciendo lo que tienes que hacer, o haciendo lo que no tienes que hacer.
Y no sé qué es peor.
Bueno, sí lo sé.
En cualquier caso, el no saber “por donde
tirar” suele venir de uno de dos sitios:
A) Se me acaba de apagar un fuego, un incendio, una terrible - o no tan terrible -
urgencia y, hoy, no hay nada que llame mi atención… así que no sé qué hacer.
B) Hay tanto en el aire, tantos “problemas”,
tantas dificultades que no sé por dónde empezar. Tengo la sensación de que haga lo que haga, tendría que estar haciendo otra cosa, o va a estropear otra cosa.
En ambos casos hay un fallo “sistémico” en la mirada.
Y algo añadido.
En un caso (A) hay, añadido, un vicio.
En el otro caso (B) hay, añadido, un bloqueo.
Hablemos del vicio:
¿Te acuerdas cuándo éramos estudiantes y lo dejábamos todo para el día antes del examen? No había manera, oye, de ponernos a estudiar de manera organizada y gradual.
No.
Había que esperar al último día, ponerse hasta arriba de café, coca cola, o cosas peores y llegar al examen con cara de muerto viviente.
Y aún así, aprobábamos.
Y luego nos decíamos - o yo, al menos
- si hubiera estudiado antes, en lugar de un aprobado “raspao”, hubiera sacado mejor nota…
Pero nada.
La siguiente vez, igual.
Y esta adicción a la urgencia, al plazo que expira, hace que no logre generar la energía para ponerme en marcha excepto cuando ya es casi demasiado tarde.
Como al que la vida le parece gris y sin sentido, porque no tiene una raya que llevarse a la boca (bueno a la nariz).
La adicción hace que necesite que haya una urgencia EXTERNA para ponerme en marcha.
Porque de otra manera, no hay manera.
Que digo yo que ya nos vale.
Es decir que en este caso se trata de un vicio, una adicción.
Una adicción a la adrenalina y a la sensación de peligro inminente.
Que, aunque cuesta, se puede
curar.
Si quieres, claro.
Requiere esfuerzo y tener algo alternativo en lo que focalizarte.
Yo lo llamo generar un LOCUS INTERNO.
Un lugar interior desde el que generar la energía para ponernos en marcha.
Pero claro cuando uno tiene una adicción, esto es muy fácil decirlo y no tanto hacerlo.
No quiero marearte mucho más hoy, así que lo dejo aquí de momento. En el siguiente email te contaré sobre el otro problema añadido y lo que tiene que ver con domar leones.
Hasta la semana que viene.