Una amiga me presentó una vez a quien finalmente sería su marido.
Era un tipo interesante.
Arquitecto de formación, se interpretaba como “artista”. Pero a diferencia de la mayoría de los arquitectos que se consideran artistas (así entre tú y yo, creo que son casi todos), este se había lanzado a producir obras concretas.
Pintaba cuadros, y hacía obra gráfica en general.
Según he oído, años después, sigue ganándose la vida como artista.
Vamos, alguien fuera de lo común.
El caso es que el día que lo conocí, estábamos en un bar charlando y me hablaba de un libro que había salido y que “había que leer”.
Cuando le pregunté por qué, me dijo que era lo último de un autor nuevo - que a él le gustaba - y que era parte de una corriente nueva muy interesante.
Yo le contesté algo como: “Me encanta leer, pero tengo el tiempo algo limitado. Hay tantos clásicos que aún no he leído que de verdad no puedo dedicar tiempo a leer cosas “nuevas”, que igual es bueno o es malo, cuando hay tanto excelente que me queda por leer.”
Él insistía un poco.
Yo también.
Hasta que algo me hizo clic y le dije: “Es que parece que el hecho de que sea un libro o un escritor nuevo es en sí mismo un punto a su favor. Algo positivo.”
Se me queda mirando extrañado y me dice: “¡Claro!”.
Y ahí me quedo claro a mí que la discusión no era sobre este o aquel libro.
Sino si la calidad la podías valorar por el tiempo y el aguante que había tenido la obra a través de los años (dejar que el tiempo y otros lectores filtraran los buenos de los malos) o si el hecho de ser nuevo era algo en sí positivo y uno buscaba formar parte de esta vanguardia siendo de quienes leían esto desde el principio (“¿Sabes?, yo leía a fulanita cuando nadie la conocía”. ¿Cómo te quedas?”).
Dos maneras de ver la vida.
Yo pensaba - y pienso - que era obvio que los “clásicos” tenían unos valores y una calidad innegable y que aguantaba el paso del tiempo. Por esto son “clásicos”.
Y nos sirven para asentarnos y conocernos mejor. Y para que los avances que vayamos logrando no sean alocados y sin sentido.
El opinaba que el pasado estaba atrás y lo importante era hacia dónde vamos.
Te cuento esto porque me han recordado hace poco cuántos clásicos hay que pueden ser leídos con mucho disfrute y mucho provecho - incluso provecho empresarial - pero que no están en la lista de los más leídos.
Y he pensado en compartir contigo algunos de los libros “clásicos” que más me han hecho disfrutar y aprender.
Es una lista de los primeros que me han venido a la mente.
Así que, por si estos días tienes algo más de tiempo y quieres leer algo que te puede beneficiar en tu vida personal, en tu negocio y encima quedas como intelectual y culto, aquí te dejo una lista - no exhaustiva - de libros con los que he disfrutado y que me
han ayudado, enseñado y orientado a través de los años.
- La Odisea - Homero
- Dialogos de Platón - En concreto: El Banquete, Apología de Sócrates, Critón, Fedro y Fedón
- Meditaciones de Marco
Aurelio
- Epistolas Morales a Lucilio - de Séneca
- Enquiridión de Epicteto (si puedes hacerte con todos los discursos, ya es para nota)
- Oráculo Manual Y Arte de Prudencia - de Baltasar
Gracián
- Los Ensayos de Michel de Montaigne
- El Príncipe - Nicolà Machiavelo
- I Ching
- Tao Te
King
- El arte de la Guerra de Sun Tzu
Leer un libro es pasar tiempo con su autor y con lo mejor de su mente y acompañarlo en su mundo.
El tiempo que he pasado con cada uno de estos libros lo recuerdo como tiempos especiales en compañía de mentes espectacularmente claras y finas.
Siempre con algo que ofrecernos.
Algunos de ellos (por ejemplo, las Epístolas de Séneca, El Oráculo Manual de Baltasar Gracián o Los Ensayos de Montaigne) me han acompañado meses y meses, leyendo un poco cada día.
Un regalo que te propongo que te hagas.