Bueno, más que necesitarte, necesita algo de ti.
Y es lo siguiente: para que el estrés pueda estar, tú no puedes estar.
Es como en las
antiguas películas de vaqueros en que uno de los “malos” le decía al otro “este pueblo no es lo suficientemente grande para los dos”, y tenían un duelo para ver quién quedaba.
Pues eso.
El estrés necesita, para poder estar él, que tú no estés
presente en el aquí y ahora.
Requiere que te dejes llevar por el pasado (lo que ya pasó y lo terrible que fue) y por el futuro (lo que pasará y lo terrible que será).
Si no, si estás centrado en el presente, en el momento actual, el estrés se
desinfla como un globo pinchado.
El estrés también necesita que te pongas en modo “supervivencia”, activando el sistema límbico del cerebro, la respuesta de huida o lucha… y te mantengas ahí, porque en cuanto pares, respires unas cuantas veces y conectes con el momento actual, comenzará a desaparecer.
También es necesario, para que el estrés no se muera de hambre, que te empeñes en preocuparte por la situación, que insistas en que lo tienes que resolver, o que no tenía que haber pasado; que le sigas dando vueltas a todas las catástrofes que pueden ocurrir.
Porque si dejas de hacerlo, si dejas
de empeñarte en resolver la situación a base de re-alimentar el estrés con todos estos esfuerzos, comenzará a debilitarse.
El estrés no se vence empeñándose en ello, porque esa energía intensa es la que lo alimenta. Tampoco se vence empeñándose en resolver el problema de manera mental, porque esto te mantiene en el cerebro de supervivencia, y se convierte en un círculo
vicioso.
Tampoco reimaginando lo mal que fue o irá. O repasando una conversación con alguien, o teniendo una conversación imaginaria con otro… o realimentando el tono que esto te crea.
Prueba, más bien, a hacer todo lo posible por estar
presente en este momento.
Aquí y ahora.
Todo tú.
Y la manera más rápida de hacerlo es conectar con alguna
sensación física de tu cuerpo. Tu cuerpo siempre está aquí y ahora, no como la mente que anda de acá para allá.
Si conectas con las sensaciones de tu cuerpo, de tus sentidos físicos, verás cómo el nivel de estrés se desploma.
Recuerda, el
estrés no puede estar si tú estás presente.
O él o tú.
Pruébalo la próxima vez que te des cuenta del estrés que tienes: detente y fíjate en tu respiración durante 30-45 segundos (si es que no tienes dependencia emocional de tu estrés, claro
está) y observa qué ocurre.
Y cuéntame qué tal te ha ido.