(Si no has leído el email anterior sobre cómo el estrés te necesita aquí puedes leerlo).
No siempre es tan fácil eso de quitarse el estrés. Está muy bien lo de “estar presente”, pero…
A veces me dicen; “Ya, pero si hago eso de estar presente y no andar perdido en el pasado o en el futuro, aunque me haga sentir mejor, el problema no desaparece.”
Y tienen razón, el problema original no desparece porque te liberes del estrés.
Pero, ten en cuenta dos cosas:
Una es que gastas menos energía. Alimentando el estrés
TAMPOCO desparece el problema original. Solo que gastas mucha energía emocional y física en el estrés. Es decir, que sólo por rebajar el estrés, ya estás ganando algo y no perdiendo nada.
Otra es que se te reducen los problemas. De primeras se reduce el número de problemas (y eso ya es algo). Porque el estrés es un PROBLEMA ADICIONAL al original.
El estrés puede acabar con tu felicidad, tu tensión arterial, tus relaciones, y además, porque cuando estás en estado de estrés, es más difícil encontrar una solución adecuada al problema al que le atribuyes tu estrés..
Así que para resolver el
problema que piensas que te está causando el estrés, es mejor (más rápido, más eficaz, más resolutivo) empezar por eliminar el estrés.
Tendrás más energía, más salud y más claridad.
Solo por eso ya vale la pena.
Por un lado, sin el estrés y su tendencia a magnificar y sacar de medida todo, podrás ver la verdadera medida del problema (y a veces resulta que es insignificante).
Por otro, sin el estrés, es mucho más fácil que se te ocurran realmente ideas creativas, nuevas, y que
lo que hagas no sea sólo reactivo…
Y si es todo tan bonito, por qué no lo hace más gente.
Porque hay algo más.
Sí.
Que igual no quieres.
Te cuento una historia. Se trata de un cliente mío de coaching.
Habíamos hecho
bastante trabajo para mejorar su ansiedad, que se disparaba en ciertas situaciones. A veces, hasta le impedía dormir. Pero lo que sí hacía esta ansiedad era despistarle mucho en el trabajo y le impedía desarrollar su pequeño negocio.
Habíamos diseñado una especie de “protocolo” para atajar la ansiedad. Más o menos lo mismo que hacíamos juntos, pero adaptado a que lo
pudiese hacer él por su cuenta.
Lo llamo protocolo, porque era una secuencia de cosas (una visualización para cambiar un poco el estado, unas preguntas concretas sobre el problema y las posibles consecuencias y una decisión final) que, cuando las hacía le hacía bajar la ansiedad mucho.
Esto, a su vez, le ayudaba a ver con mayor claridad, a dormir mejor y, en resumen, por un lado a vivir mejor - por la reducción de la ansiedad- y, por otro, a tomar mejores decisiones.
Y esto ayudaba que el problema que creaba la ansiedad desapareciese antes y con él la necesidad de hacer estos ejercicios.
¿Qué bien, no?
Pues no.
Seguía viniendo a las sesiones a menudo desbordado de ansiedad.
Cuando le pregunté si es que no le funcionaba el “protocolo” me confesó: “es que siento resistencia a hacerlo, la verdad. Como que no me apetece. Esto de la ansiedad es una putada, pero tampoco me noto ganas de quitármela. No sé cómo explicarlo. Sé que es mala, pero es como que también hay algo en estar súper metido en la ansiedad. Es casi como una droga o algo así.”
Y es que a veces estamos más acostumbrados - mucho más acostumbrados - a sentirnos mal, que a sentirnos bien. Y cuando nos acostumbramos a algo… el dicho de más vale malo conocido que bueno por conocer, no es ninguna tontería.
Tiene mucho de verdad.
En cualquier caso, resulta que para sentirnos mal, no hay que hacer nada especial. La vida se encarga de presentarnos un montón de cosas que interfieren con lo que a nosotros nos gustaría.
Para sentir estrés, ansiedad, agobio no hay que hacer
nada.
Para sentirnos bien a pesar de todo lo que se “interpone” en nuestro camino, hay que desarrollar un músculo.
Un músculo en nuestra mente.
Es decir, que no basta con saber
que puedes quitarte el estrés haciendo unos ejercicios. Ni que puedes reducir tu ansiedad haciendo algo… tienes que querer. Y tienes que desarrollar la fuerza para superar tu inercia, tu dejadez, tu…
Para esto hay que desarrollar una cualidad. Una fortaleza.
Más o menos como ir al gimnasio. Que no basta con apuntarse… también hay que ir… y además hacer los ejercicios.
Te lo sigo contando en breve.