Cada Año Nuevo nos hacemos el propósito de transformar nuestros cuerpos, mejorar nuestras carreras, o nuestra salud, o nuestras relaciones, organizar nuestros hogares y empezar nuevos hobbys o mejorar en los que ya tenemos....
Nos proponemos hacer más: más ejercicio, más trabajo, más actividades y compromisos sociales. A primera vista, esforzarse por lograr más suena bastante bien. Pero también tiene un lado oscuro al que necesitamos poner límites.
Nos sumergimos en los "Más de esto o de lo otro" para crearnos seguridad psicológica. Es una forma de regulación del sistema nervioso. Cada vez que sientes ansiedad, estrés, frustración o incertidumbre, es porque las redes neuronales de tu cerebro que se ocupan de las amenazas se han activado.
Dicho de otra manera: tienes miedo.
Como el miedo te hace sentir mal, para restaurar el equilibrio, desarrollas comportamientos compensatorios diseñados para aliviar tu miedo.
Te puedes decir, por ejemplo, que trabajas demasiado para que tu jefe no se enfade contigo, pero la explicación más profunda es que trabajas demasiado para aliviar el estrés que sientes ante la propia perspectiva de que se enfade contigo.
Considera el sobre-logro de los “adictos al trabajo”: la búsqueda incesante de alto rendimiento y más prestaciones.
La sabiduría convencional sostiene que "esforzarse por ser lo mejor que podemos llegar a ser" es una forma de resiliencia que nos hace más
productivos.
Pero, algunos estudios recientes sugieren lo contrario.
Un metaanálisis realizado en 2018 que se basó en
25.000 personas, realizado por Dana Harari y algunos colegas y publicado en el Journal of Applied Psychology, no logró encontrar relación entre el rendimiento real y el perfeccionismo típico de los “hiper conseguidores”.
En otras palabras, esforzarse constantemente por tener mejor desempeño no es lo que te
convierte en el que mejor desempeño manifiesta (el más resolutivo, rápido, eficaz, etc.).
Quizá lo seas. Pero no por cuanto te esfuerzas.
Ahora, este esforzarse sí conlleva serios costes en términos de salud mental y física.
Un estudio de 2017 realizado por un equipo de investigadores chinos encontró que el perfeccionismo estaba correlacionado con mayor ansiedad y mayor depresión.
Y unos investigadores de la Universidad de Vanderbilt examinaron la relación entre el sobre-logro y los circuitos neuronales relacionados con las recompensas y encontraron, en un estudio de 2012, que los “hiper-conseguidores” tenían niveles más altos de dopamina que los demás.
La dopamina, como sabrás, es un neurotransmisor relacionado tanto con la motivación como con la adicción.
El cerebro puede generar un fuerte deseo que tiende a perpetuar nuestro
hiper-funcionamiento: cuanto más lo haces, más quieres hacerlo.
Otro ejemplo: el sobre-pensamiento. Lo que se ha llamado toda la vida “darle demasiadas vueltas a las cosas”:
Si el sobre-pensamiento funcionara, nos permitiría resolver más problemas en nuestras vidas. Pero lo contrario es cierto. El sobre-pensamiento está correlacionado con una toma de decisiones deficiente, mayores problemas interpersonales y más angustia.
Cuando más "vueltas de más" le das a las cosas, peor te va.
El propósito de pensar en nuestros problemas es reducir nuestros problemas, no exacerbarlos.
Para liberarte del vicio de las exageraciones en tu desempeño en el próximo año, es imperativo verlas por lo que son: formas de buscar sentirse más seguro.
Pensamos que si conseguimos más y más resultados (hiper-conseguidores) o damos más vueltas a
las cosas en nuestra cabeza (sobre-pensadores), entonces "los otros" no podrán hacernos daño; no podrán enfadarse con nosotros, dominarnos o rechazarnos.
Pero la realidad es que cuando nos “pasamos tres pueblos” de manera crónica, cuando estamos constantemente haciendo o pensando de más, nos hacemos daño a
nosotros mismos, con consecuencias reales para nuestra salud mental y física.
Para encontrar el equilibrio necesario, podemos utilizar tres sencillas estrategias basadas en las necesidades psicológicas más profundas detrás de nuestro comportamiento.
1. Decide un nuevo límite y anticipa y acepta que no te va a gustar.
Si quieres dejar de “pasarte”, prepárate a que durante algún tiempo surjan sentimientos de angustia
cuando quieres comportarte de manera más equilibrada.
Por ejemplo, si decides que este año vas a dejar de mirar el correo electrónico a partir de las 7 de la tarde, inicialmente tu cerebro activará una alarma cuando pasen las 7: ¿Y si hay un mensaje importante? ¿Y si tu jefe se enfada
contigo?
Si respondes al impulso y miras el correo, reforzarás justo el comportamiento que estás tratando de cambiar.
Pero si te comprometes con tu nuevo límite, tu cerebro se habituará bastante rápidamente.
2. Reconoce la diferencia entre peligro y aversión.
Al comenzar a crear estos nuevos límites, puede haber consecuencias en tu vida. Por ejemplo, si dejas de estar siempre disponible para tus amigos, familiares y compañeros de trabajo, puede que se molesten al principio. Es natural que eso no te guste, pero es no quiere decir que sea peligroso.
La investigación (y la experiencia personal) nos dice que sobreestimamos las consecuencias negativas de nuestras decisiones. Lo que sí te hará daño es evitar de manera habitual y continuada los sentimientos negativos que tus decisiones puedan generar.
Evitar y
negar requiere cantidades tremendas de energía psicológica y a menudo cambia nuestras vidas para peor.
Aunque podemos pensar que enfrentarnos a nuestros sentimientos subyacentes y ocultos es peligroso, lo contrario es cierto: cuando diferenciamos claramente entre algo peligroso y algo que simplemente no nos
gusta, es una liberación y podemos descansar y hasta tranquilizarnos.
3. Considera que tú podrías ser la persona más peligrosa en tu vida.
En mi trabajo, este es el concepto que produce los cambios más profundos en las personas. A menudo, hacemos de más porque sentimos que el "otro" no es seguro; que la otra persona nos rechazará, nos hará daño o nos decepcionará.
Cuando intentas recuperar repetidamente tu sentido de
seguridad psicológica a través de otras personas, a través de su validación, permiso o estado de ánimo, puede que te sientas mejor momentáneamente, pero a la larga desestabilizas tu propio sentido de seguridad.
Y te acabas persuadiendo a ti mismo de que lo necesario para regular tu sistema nervioso no es tu
propia autoridad interna, sino el permiso de otra persona. Como resultado, no estás a cargo de cuánto trabajas, das o haces; otra persona lo está. Esto es una receta para nunca ser incapaz de parar de exagerar, sobrepensar o trabajar sin fin.
En lugar de esto, hemos de reconocer y aceptar que el determinante
más poderoso de nuestra propia seguridad somos nosotros mismos.
La idea de los "Propósitos de Año Nuevo" se basa en la sabiduría convencional de que necesitas hacer más para ser o estar mejor. El crecimiento es deseable, sin duda.
Pero a menudo decimos que buscamos el crecimiento cuando lo que estamos haciendo es huir del miedo.
Si prestamos más atención consciente a cómo nuestros cerebros impulsan nuestro
comportamiento, tendremos la oportunidad de construir lo que todos realmente buscamos: un sentido perdurable de seguridad interna.
Julia DiGangi