Hasta aquí todo bien.
Pero es que, además, uno de los ejercicios del libro demuestra la teoría de una manera muy
impactante.
Propone que copies un dibujo de Picasso que viene en el libro.
Y cuando lo hayas hecho (y, probablemente, te salga regular) le des la vuelta a la imagen y vuelvas a copiarlo.
El resultado de este segundo dibujo es impresionante: como si de repente te hubieses convertido en un experto dibujante!
Lo he probado varias veces con personas que dicen que no saben dibujar y se quedan impresionados con ellos mismos.
Si piensas de ti que no eres capaz de dibujar, te animo a que lo pruebes. Lo que pasa no es que se te de mal, es que no sabes cómo mirar.
Pero resulta que la parte izquierda del cerebro es muy potente, nos ayuda mucho en el día a día, y no va a rendirse tan fácilmente. Además, nos da una
sensación de seguridad, que aunque falsa nos hace sentir bien.
Así que, a pesar de saberlo, y de haberlo visto, seguí con dificultades a la hora de dibujar. Dibujaba mucho mejor es cierto, pero aún me peleaba con el dibujo.
Años después, ya
con 45 años, en una clase de dibujo (había retomado el dibujo cuando me tomé unos años sabáticos) estaba intentando dibujar, del natural, un bodegón que incluía una frasca de cristal.
Por más que intentaba hacerlo bien, no me salía - lo de dibujar cristal no es tan fácil como te puedes imaginar. Llevaba ya varios días seguidos con el dibujo y un día, completamente
frustrado con cómo iba, me salí a la recepción a charlar con la chica que estaba allí y a tomarme un café…
Y, cuando volví… tomé el carboncillo, miré el bodegón - y de repente…. empecé a ver.
Con toda claridad. Sombras, luces, reflejos…
estaba todo tan claro!
Me puse a dibujar - luego resultaba que se trataba de quitar, más que de añadir.
Al poco, el profesor que pasaba de vez en cuando entre los caballetes se paró, miró lo que estaba haciendo y dijo: Ah! Esto ya
marcha, eh! Muy bien, muy bien. Y siguió su ronda…
El dibujo había cogido un nivel más alto, así de golpe.
¿Había mejorado mi técnica?, ¿era mejor el carboncillo?
¿El papel?
¿Tenía mejor pulso?
Nada de esto. Se había abierto una puerta a cómo mirar. A dónde dirigir mi atención. En qué fijarme.
En qué era lo que definía lo que había.
Una manera diferente de mirar.
No te imaginas la cantidad de cosas que ahora veía en el bodegón, que estaban ahí todo el rato pero que antes me pasaban desapercibidas.
En cuanto mirar se convirtió en mirar formas, líneas y luces, todo cambió.
De repente, cualquier dibujo que hacía tenía otro nivel.
Si no te gusta el dibujo te estarás preguntando a qué viene todas esta historieta…
Pues a que, como tantas otras cosas, nos pasa en la vida esto de que no sabemos mirar y, por lo tanto, no vemos todo lo que hay que ver.
Porque
para mirar correctamente necesito entender de qué va lo que estoy haciendo. En qué tengo que fijarme.
Y, no nos damos cuenta - como yo - de que no estamos viendo lo que hay que ver, excepto… por los resultados.
A ver, por ejemplo, en tu
negocio, ¿estás teniendo los resultados que buscas y que ya podrías tener?
Si es que no, ¿crees que es posible que no estés mirando lo que tendrías que mirar?
¿Igual cuando miras, hay cosas que te estás perdiendo sin saberlo?
Ya sabes, cuando no vemos todo lo que hay que ver, no vemos y no vemos que no vemos… Excepto por los resultados, claro…
Esto de en qué me fijo, define si tengo mente de dibujante o no; si tengo mente de músico o no; si tengo mente de fotógrafo o
no.
Y, claro, también si tienes mente de emprendedor o no…
Por que igual, como pasaba con el dibujo, lo que pasa NO ES QUE SE TE DE MAL, ES QUE NO SABES MIRAR.