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Desde 2008 llevo trabajando como
coach empresarial y, se ha dado la coincidencia de que he trabajado mayoritariamente
con pequeños empresarios: pymes y micro pymes. De 1 a 200 empleados, básicamente.
Normalmente, cuando los clientes
llegan a mí presentan su situación como que "esto no funciona". A lo que normalmente se refieren es a que
no venden suficiente. En realidad, la empresa tampoco "funcionaba"
antes, cuando había más ventas, pero no lo notaban. Como cuando tenemos una
enfermedad latente, pero hasta que las manifestaciones no llegan a un cierto
punto, no lo notamos. Para sanar hay que tratar lo que subyace y en la pequeña
empresa la enfermedad suele ser que no se dedican a lo que tienen que
dedicarse: tienen la vista puesta en el sitio equivocado.
Los principales problemas que
tienen estos clientes, y en los que hemos trabajado juntos, son la implantación
de lo que se podría definir como una gestión "de libro" o "básica".
Identificar las áreas que necesitan atención (siguiendo un orden de prioridad),
subsanar las deficiencias de conocimiento, hacer un plan y ponernos a ello.
Lo que estoy observando es que,
una vez que hemos logrado implantar una manera más profesional de
llevar la empresa, y, por lo tanto, el trabajo aumenta, nos topamos con un nuevo
problema generalizado. A diferencia del anterior problema (el desconocimiento
de lo que realmente debo hacer como empresario), este no es exclusivo de
las pymes, sino que existe en todo tipo de empresas, y de hecho se está
convirtiendo en la "frontera" de crecimiento, de eficacia y
rentabilidad, de muchísimas empresas de todos los tamaños. Se trata de
las relaciones personales en el
puesto de trabajo.
Y no tanto las relaciones
personales, sino las personas. Las personas y cómo se sienten en el trabajo:
cómo de exigidas, aceptadas, reconocidas, implicadas, respetadas... Este aspecto está reconocido hoy día como una de las claves para tener una
empresa sostenible, saludable, eficiente, competitiva y duradera.
Independientemente de que la tuya sea una micropyme, una pyme o una empresa
mediana o grande, la clave reside en conseguir que la energía esté enfocada en
la dirección adecuada, es decir, en la consecución de los objetivos de la
empresa y los de las personas que allí trabajan, y no disipada en resistencias,
discrepancias, conflictos y resentimientos, con cada uno tirando por su lado.
Los últimos estudios nos dicen que las empresas que tienen un mayor índice
de implicación de los empleados (employee
engagement) tienen hasta un 22% más de rentabilidad, y un 21% más de
productividad - además de un 40% menos de rotación de personal... entre otras
diferencias.
Así que el empresario tiene que desarrollar capacidades de liderazgo,
aprender a modular su comportamiento de acuerdo con la situación y las personas
que tiene delante. Y también a reconocer, o recordar, que en el puesto de
trabajo las personas no sólo queremos nuestro salario (esto sólo consigue que
hagan lo mínimo imprescindible), sino otras cosas. Estas cosas dependen de qué
motiva a cada uno, pero suelen ser cosas como reconocimiento, compañía,
bienestar... ¿qué te motivaría a ti mismo si trabajases para otro?
Por otro lado, en demasiadas empresas hay divisiones entre los propios
empleados por supuestas o reales afrentas, olvidos o rencillas y esto afecta
muchísimo el rendimiento, sobre todo en una pequeña empresa. Es normal, pues no
tienen "preparación" sobre cómo hablar de cosas que pueden estar molestándolos,
ni el entorno lo facilita y, cuando hay algo que se percibe como una afrenta,
una falta de respeto o un ataque, en lugar de saber gestionarlo y resolverlo,
se suelen establecer líneas de separación, a partir de lo cual la colaboración
es muy difícil. Y acaba por afectar, a veces muchísimo, el funcionamiento del
equipo. Puede incluso llegar a hacerlo improductivo e ineficaz.
Sin embargo, si logras aumentar y fomentar los factores que hacen que el puesto
de trabajo sea un sitio al que quieran ir y dar lo más que pueden, lograrás que
se beneficie la empresa (más rentable, más productiva), los empleados
(más implicados, comprometidos y satisfechos) y el empresario o directivo
(menos tiempo dedicado a resolver conflictos y resistencias, más sensación de equipo
y colaboración).
Personalmente, todo esto me parece realmente la clave de nuestra
satisfacción: tener un lugar de trabajo donde sentir que puedo crecer, donde
soy reconocido, etc. y para el empresario, conseguir esto, además de darle una
empresa más rentable y eficiente, también le ayuda a constatar que está
ayudando en más aspectos: en una empresa saludable, que aporta a la sociedad, a
sus empleados, más que sólo el salario que paga. ¡Y encima la empresa será más
rentable y productiva!
En este sentido, llevo unos meses añadiendo una línea de actuación en mi práctica
de coaching empresarial: trabajo no sólo con el empresario, sino con las
personas en su empresa para construir una sensación de equipo, y dotarles de
herramientas para evitar que las situaciones se enquisten. Una empresa en la
que los empleados aumentan su madurez personal a través de sus relaciones en el
trabajo y, por lo tanto, su satisfacción y su rendimiento. La idea es que
puedas llevar a tu empresa esto que las grandes empresas ya hacen, para
beneficio de todos vosotros: los empleados, tú y tus clientes.
Iré escribiendo más sobre esta línea de actuación, pero por el momento, si
quieres algo más de información sobre cómo funciona habrá un seminario de
presentación de esta nueva área de trabajo el día 12 de noviembre, miércoles, a
las 10 de la mañana, en el Vivero de Empresas de la Cámara de Comercio de
Toledo.
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